martes, 14 de mayo de 2013

El regalo

Introducción

(Correo de Ramiro, un padre asturiano, a su hijo Pedro, ausente, felicitándole por su cumpleaños. Tiene un nieto, Benjamín, y le recuerda a Pedro cuando era pequeño. El abuelo, Ramiro, "habla" con frecuencia con su nieto Benja, dirigiéndose a una fotografía de él que reposa en su despacho. A la hora de acostarse, Benjamín clamaba a su papá para que hablase "Lolo", que era un muñeco de fieltro medio destartalado,  con el que Ramiro y Pedro se acostaban  subiendo el embozo hasta el cuello, por donde "Lolo" asomaba la cabeza, girándola de un lado  a otro  según quién hablara. Ramiro tenía ocurrencias y  hacía de ventrílocuo;  si reñía a "Lolo", Benja, que tenía a "Lolo" por héroe se enfadaba con el padre; y si reñía a Benja,  "Lolo" se sublevaba con Ramiro.  Y así hasta que Pedro quedaba dormido y pasaba el resto de la noche en la cuna).

¡ Feliz Cumpleaños!, Perico


Qué pases un día estupendo, fío..

Day mil besos a mi nieto Benjamín, fue él el que me sacó del apuro a la hora de elegir el regalo que facete en este día; mira que taba dándoy vueltes al asunto, pero no encontraba nada ... Miré desdi farmacies hasta ferreteríes, pasando por to tipo de comercios, y hasta fui a  los chinos, pero na, dabay a todo pa tras; pensé en comprate un traje bueno, no de mahón, ¿eh?, pero todo eren talles grandes, que quedábenme pequeñes a mi les chaquetes...

Y cuando salía de la sastrería, vi a un chiquillo que  taba  llorando donde el escaparate de un kiosco, con les narices pegades al cristal mirando pa unes porres, y acordéme  de Benjamín y marché yo solo  pa´l parque a sentáme en un banco pa hablar con él:

Ramiro: Benja, mañana ye el cumple de papá, ¿qué y vas a regalar?

Benjamín: Home, güelito, ¿no sabes que todavía no tengo hucha..?

R: Ya, Benja, tendrasla, oh, pero, si la tuvieres, ¿qué y regalaríes..?

B: No se, güelito, a lo mejor, igual y gusta que juegue con él, pero ese regalo  ya lo hacemos...

R: Oye, Benja, qué y dieres una alegría no sería mal regalo, ¿verdad..?

B: No, seguro que no, güelito, ¿tú cual le darías..?

R: Yes listo, he, Benja,  lo que quies ye que te diga cual  tienes que regalay, eh,  ¿a qué sí?

B: Sí, dímelo, anda, güelito...

R: No se, Benja,  como todavía yes pequeñín, que no ficiste el añín, y tas to el día a gates, mañana, cuando tu pa te tiradón en el sofá, y mamá te pose en la alfombra, sin que papá te vea, cogeste a una silla pa levantate y empieces a toser  pa que mire y te vea ir caminando hacia él... Verás como empieza a gritar. ¡ mamá, mamá, mamaaá !, ven corre, mira, Benja ya anda, y  eso que no tien un año.todavía.

B: Es verdad, güelito, ese regalo tiene que gustarle, que siempre está pendiente de mí por si caigo cuando me apoyo en el sofá y así podrá ver la tele sin preocupase de mi, ¿verdad güelito?

R: Sí, Benja, la alegría del regalo seguro que y la das, que ye de lo que se trata, y ta bien elegida,  pero la preocupación  va tenéla y mayor... 

B: ¿Por qué, güelito..?

R: Puff, no se, ¿cómo te lo diría..? Pues, porque iba a tar to el día cerrando les puertes, con lo que te gusta a ti manipulales...

B: Y tú, güelito, ¿qué le vas a regalar..?

R: No se, Benja, ando loco buscándoy un regalo que y guste, pero no se cual...

B: Cómprale un juguete, güelito, a mi me gustaría mucho.

Lolo
R: ¿Un juguete, Benja? , no ves que papá ya ye mayor, si fuera como tú.... ah, coy, ye verda, ya ta, ya lo tengo...
Oye, Benja, déjote, tengo que ir pa casa.

B¿A qué, güelito..?

R: A buscar el juguete pa papá, ta allí.

B: Un beso, güelito, muaak

R: Otro muy grande pa tí, Benja, muaaaakk

Respuesta de Pedro

Lolo es el mejor, le echo de menos. Me gustaba su voz, cuando calentaba la cama de Siberia.. Cuando me defendía en la habitación presidida por Falo. Cuando le decía a mamá que no viniese a la cama, que se quedase viendo informe semanal con la abuela.

Echo de menos a Lolo, pero también echo de menos al ventrílocuo que lo manejaba, un beso!!!

miércoles, 17 de abril de 2013

"El ajusticiado" (4 de 9)



(Del libro "AVILÉS", escrito por Manuel Álvarez Sánchez, impreso en 1927)

Parte - IV -

Estaba Patinota en el calabozo esperando la última pena a que había sido condenado; no había para él consuelo posible desde el momento en que le comunicaron la fatal sentencia; gritaba, pateaba, renegaba, maldecía, cuando un día se abrió la puerta de la prisión, y entró en ella, acompañada del carcelero, una anciana que Patinota, por el pronto, no pudo reconocer; el preso, al verla, se levantó del escaño, donde estaba sentado con la cabeza apoyada en las manos, y la visitante, que le conoció en seguida, se arrojó sobre él y comenzó a llorar. Patinota no sabía lo que le pasaba.

Aquella anciana, que había entrado en el calabozo para abrazar a un sentenciado a muerte, era María Álvarez, que desde el día que su prohijado huyó de casa se apoderó de ella tal pesadumbre que se temió por su vida; era gruesa y se puso flaca, la cara se le llenó de arrugas, se le encaneció el pelo, y su cuerpo se le puso encorvado.

La presencia de. aquella mujer en el calabozo impresionó tanto a Patinota, después que la reconoció, que no se atrevió a mirar para ella; llevó las manos al rostro, arrimóse a un rincón, y empezó a gemir y suspirar.

Aquellas lágrimas fueron el principio de su arrepentimiento.

Luego que Patinota se hubo tranquilizado, después de pedir perdón a María, le contó, con minuciosidad de detalles, la vida que había llevado después que huyó de casa, deteniéndose en referirle el hecho que motivó su sentencia de muerte: «Un día, le dijo, pretendí despojar a un transeunte, y al ver que pedía auxilio, como temía ser descubierto, le herí mortalmente; huí, me siguieron, diéronme alcance, y como estaba manchado de sangre, me acusaron corno autor de aquel asesinato, con las agravantes de robo en despoblado; ya no hay para mí remedio; he confesado mi crimen, y me han condenado a la última pena, y sólo espero se ejecute la terrible sentencia.»

María, al entrar en la cárcel, estaba resuelta a todo; así que, con un valor que acreditaba su honradez, después de oír a su prohijado, emprendió, con heroica resignación, la difícil tarea de ganar aquella alma para Dios.

domingo, 14 de abril de 2013

"El ajusticiado" (3 de 9)

(Del libro "AVILÉS", escrito por Manuel Álvarez Sánchez, impreso en 1927)

Parte  - III -

Las ocasiones, lo mismo que las malas compañías, originan, con sobrada frecuencia, gravísimos daños.

María, que era una señora tan bondadosa como sencilla, creía que nadie podría hacer lo que ella no hubiera hecho nunca; así que, al ver de nuevo a Patinota en su casa, no sólo le prodigó su cariño, sino que, para disimular su falta anterior e inspirarle otra vez confianza, se le ocurrió dejar abierta el arca en donde guardaba sus ahorros.

Esto, que pudiera llamarse una delicadeza de la buena señora, ha sido una gran imprudencia que acarreó tras si una larga serie de desgracias

Un día que María salió de casa temprano, se levantó PatInota de la cama, miró con timidez por todos los rincones de la habitación, y al encontrarse solo, se acercó de puntillas, conteniendo la respiración, al sitio donde estaba guardado el dinero; allí se detuvo, abrió el arca y extendió su mano temblorosa, pero al tocar en las monedas, sintió escalofríos y la volvió a retirar; sin embargo, la ocasIón era en extremo tentadora, y de nuevo introdujo su mano en el arca y, desencajado y tembloroso, cogió una bolsita con una cinta ligada, ignorando la cantidad que pudiera contener.

Cogido que hubo el bolsillo, se quedó parado, con la lengua pegada al paladar y los ojos fijos en la puerta, que habla quedado entreabierta; resolvió, al fin, abandonar aquella estancia, y salió corriendo, bajando de dos en dos los peldaños de la escalera hasta llegar al portal; allí se detuvo, tanteó entre sus dedos crispados aquellas monedas robadas y las guardó en el bolsillo; entonces sintió un sudor frío en el rostro, y maquinalmente llevó sus manos a él para ocultarlo, pues se creía que llevaba escrito en su semblante el estigma denigrante de ladrón.

Sin saber hacia dónde dirigirse, tiró a la izquierda, atravesó luego parte de la calle de Atrás y se encontró en la plazoleta del Carbayo, frente a la iglesia parroquial, entró en el templo, y a muy corta distancia, vio a su madre y a su protectora rezando, quizá por él, ante el altar de la Virgen de los Dolores.

En aquellos momentos, Patinota creyó morirse; fijó su mirada en la misma imagen, y al contemplarla en aquel estado tan lastimoso y con una espada atravesando su corazón, se cubrió de vergüenza: él era la causa de aquel dolor, y, sin embargo, sólo él no le pedía perdón, sólo él no elevaba los ojos al cielo en tan apurado trance, sólo él no invocaba a la Virgen, él, que había sido quien le clavara, con su conducta, el cuchillo en su corazón maternal.

Así estuvo Patinota unos momentos luchando con la gracia. Se separó después a un lado, donde nadie pudiera verlo, metió la mano en el bolsillo del pantaló, sacó el trapito, le quitó la cinta, lo desdobló y se quedó inmóvil, como la estatua del espanto, al ver que las monedas robadas eran de oro. Repuesto de la primera impresión, tomó la que creyó de más valor, se acercó al cecillo que estaba al lado del altar e introdujo por la rendija la indicada moneda, rezó una Salve a la Virgen y huyó. Quizá con esto creería que quedaría borrada su culpa.

Salido que hubo del templo, lo primero que hizo fue dirigirse al muelle, sentándose sobre un tronco de madera que allí había, en donde pasó cerca de dos horas, sin darse cuenta de su situación; iba a marchar, cuando se le acercó un compañero de genio alegre, hablaron un poco, Patinota le contó lo que había hecho, y el nuevo amigo, para quitarle los escrúpulos y distraerle, lo llevo a un garito, en donde pasaron alegremente el tiempo.

La amistad que Patinota estrechó con el nuevo camarada, vagabundo de profesión, labró por completo su ruina.

Patinota, que al principio no era malo, las compañías que tuvo le hicieron primero inquieto, después discolo y soberbio, y, por último, un malvado y criminal.

Vivía Patinota, después que huyó de casa, de pequeños robos, y la noche la pasaba durmiendo en las obras en construcción, y con más frecuencia, en las embarcaciones ancladas en el puerto.

Tres años llevaba en esta vida aventurera, cuando la justicia se apoderó de él, precisamente cuando atravesaba por la calle de Adelante, en dirección a casa de María, con objeto de volver a robarla nuevamente.

Una vez en poder de la Justicia, le condujeron a la cárcel, situada en la plaza Mayor; pero de allí, a pesar de la vigilancia que había, logró escaparse a los dos años, arrojándose por un ventanal, asido de una faja.

Libre ya de la prisión, se dedicó al pillaje en gran escala, eligiendo para campo de sus correrías el monte de la Atalaya, límite de los concejos de Avilés y Castrillón.

Como los ladrones, más tarde o más temprano, suelen ser capturados, Patinota, cuyo nombre se había hecho temer, volvió a ser cogido. En esta ocasión el castigo debía ser ejemplar, pues pesaban sobre él varios delitos.

sábado, 13 de abril de 2013

·"El ajusticiado" (2 de 9)

(Del libro "AVILÉS", escrito por Manuel Álvarez Sánchez, impreso en 1927)

Parte - II - 

Una condición, entre otras muchas buenas, caracteriza a los hijos de Sabugo: el respeto a la propiedad ajena; son de ordinario pobres, habitan varios bajo el mismo techo, cocinan en el mismo fogón, viven con estrechez, sobre todo durante el invierno en que la profesión comprometida y penosa de marineros que ejercen la mayor parte les impide durante los días de marejada y tormenta, tan frecuentes en la costa cantábrica, salir a alta mar, único y exclusivo sitio donde el marino puede buscar el sustento con que cuenta para poder mantener a su familia; sin embargo, a pesar de tan angustiosa situación, jamás llevó ningún pescador sobre su frente el estigma denigrante de ladrón

Este es y ha sido siempre el más honroso blasón del gremio de mareantes de Sabugo.

Pero sucede con frecuencia que, de padres buenos, salen hijos malos, y otras veces, de padres viciosos, suelen salir hijos modelo de virtud.

Así sucedió con el hijo de Angelina. Educado cristianamente por María, era Patinota, como de ordinario llamaban al muchacho, un hijo bueno; dotado de un natural bello y afable, formaba el encanto de su madre y de aquella buena mujer, que veían en él la personificación de la virtud; pero un día tuvo la desgracia de encontrar, bañándose en el Campo de Faraón, a una gavilla de pilluelos, y de unirse a ellos; este desgraciado encuentro fue para Patinota el principio de su perdición.

Como María era considerada como una persona rica, aquella chusma indujo a Patinota para que le robase algunos reales; al principio, resistió el muchacho cuanto pudo a la malvada tentación; pero más tarde, obligado por repetidas instancias de aquellos granujas, cayó en el lazo, y el infeliz jovencito robó por primera vez cuatro cuartos a su bienhechora.

Al salir Patinota de casa con aquellas monedas robadas, estaba pálido y tembloroso; se detuvo a la puerta, y sintió escalofríos; miró a todas partes azorado, y dos veces se propuso volverlas a su sitio; pero la palabra empeñada con sus perversos amigos, venció sus temores, y huyó, sin detenerse un momento, a juntarse con ellos, que ya lo estaban esperando junto al puente de San Sebastián.

Después de dar este paso fatal, Patinota se creyó perdido.

Patinota no había nacido para ser ladrón; así que, al verse entre sus compañeros, no pudo articular palabra, y comenzó a llorar; las lágrimas, que hubieran podido borrar por completo su culpa, si las hubiera derramado en presencia de María, sirvieron de chacota ante aquella chusma de pilluelos, que se mofaron de sus escrúpulos, no sin antes apoderarse de aquella cantidad para malgastarla.

Muy triste pasó el día Patinota, y al acercarse la noche, no atreviéndose el mal aconsejado muchacho a presentarse en casa, por temor al castigo, pues creía que hasta su misma sombra revelaría su maldad, se fue a un pajar a dormir, lo que repitió varias noches, alimentándose, durante este tiempo, con frutas verdes, que cogía en algún vedado de la vecindad.

María se moría de pena buscando al muchacho; no sabía lo que podía pasarle, y otro tanto sucedía a Angelina, que no podía figurarse de que su hijo se ocultaba de casa por ladrón. Al fin supo María, por uno de los mismos pilluelos, enemistado ya con Patinota, que éste se hallaba escapado de casa por haber robado unos cuartos, recogiéndose por la noche, después de pasar el día escondido en el adarve de la muralla, en una tenada que hay en el callejón de la Rueda.

Allí fue Maria a buscarle, y Patinota, al verla, como su corazón no estaba aún corrompido y era de un natural humilde y bondadoso, se arrojó a sus pies y comenzó a llorar: «Perdonadme, decía, perdonadme, por Dios, que no he volver a cometer tan miserable acción:»

María quería entrañablemente a su ahijado, y al verle en aquel estado tan compungido, se quedó pálida, estuvo un momento pensativa y, por fin, con muestras de indecible ternura, le otorgó allí mismo el perdón.

Patinota durmió aquella misma noche en casa de su madre adoptiva.

jueves, 11 de abril de 2013

"El ajusticiado" (1 de 9)

(Del libro "AVILÉS", escrito por Manuel Álvarez Sánchez, impreso en 1927)

Parte  - I -

Existía en Sabugo una plazoleta típica, muy conocida del vecindario por celebrarse en ella un mercado diario, consistente en piñas, hacecillos de leña, hortalizas, huevos y leche, etc., etc.

Las costumbres genuinas de la parroquia parecían estar vinculadas en este cuadrado recinto, en donde se reunían, en los días festivos, por la tarde, para jugar al perico, a la mata, a la brisca y a otros entretenidos juegos, las comadres, que en los barrios humildes suelen componer el club tijeretero.

Pero lo que hizo más popular este sitio fue el haber vivido, a principios del siglo XVIII, una señora llamada María Álvarez, que, en entre otras buenas cualidades, se distinguía por su gran caridad: no había pobre que no socorriese, ni enfermo que no recibiera de ella palabras de consuelo y de amor.

Era María el ángel tutelar de los desheredados de la parroquia, y los vecinos acudían a ella en sus necesidades, encontrando siempre amparo y protección.

El arca de María era el granero de todos los indigentes de Sabugo, que llamaban a su vivienda la «Huerta de María Álvarez»; y llegó a hacerse tan popular, que venían de los cercanos pueblos de San Cristóbal, Valliniello y otros, a venderla patatas, legumbres y demás artículos de conocida utilidad, que ella siempre compraba, para distribuirlos luego gratuitamente entre los más necesitados de la parroquia, originándose el mercado que más tarde existió, y que /levó el nombre de dicha señora, que por contracción se llama aún, entre los oriundos del barrio, La Güerta Mari-Able.

Un día llegaron a casa de María unas vecinas (1) para decirle que en el Carbayo vivía una mujer, que se hallaba enferma, y en la más extremada pobreza. La buena señora, no sólo abrió al momento el bolsillo para socorrerla, sino que ella misma se fue a la vivienda donde la infeliz habitaba para prestarle su ayuda personal.

¡Triste encuentro!  Entre unas pajas mal cubiertas con un saco, en una habitación húmeda, apenas defendida del viento y del agua por algunas tejas y ramas enlazadas, sin lumbre en el fogón y sin nada que pudiera servirle de alimento, recostada, con una criatura en los brazos, se hallaba una mujer, llamada Angelina la Patinota, joven aún, pero que había quedado muy enferma desde el día que vlo flotando en la ría e/ cadáver de su esposo, después, del naufragio de la lancha Vitoria, tripulada por nueve marineros de Sabugo, del que quedó triste recuerdo en toda la vecindad. La caridad fijó su residencia en aquel desvencijado tugurio, y la enferma pudo recuperar la salud,  merced a los cuidados prestados por María, ocupándose ésta al mismo. tiempo y por separado, para aliviar a la Patinota, de la educación del niño, que con gusto prohijó, y tuvo a su lado, hasta que motivos transcendentales hicieron necesaria su separación,

(1) Hasta hace pocos años había en Sabugo la piadosa costumbre de salir dos vecinas, voluntariamente en determinados y urgentes casos, a pedir de casa en casa, y recoger en un plato las limosnas para remediar alguna apremiante necesidad, 

lunes, 1 de abril de 2013

"El Campo de Caín" (5 de 5)



(Del libro "AVILÉS", escrito por Manuel Álvarez Sánchez, impreso en 1927)

Parte - V -

Cuando en 1669 los religiosos de la Merced se establecieron definitivamente en Sabugo, edificando un magnífico convento, debido a la esplendidez del primer marqués de Camposagrado, don Sebastián Bernaldo de Quirós, se veía un religioso, encorvado bajo el peso de los años, salir todos los días del convento, a determinadas horas de la noche, y dirigirse hacia una cruz, en el mismo campo colocada, suspirar, porque ya no tenla lágrimas que derramar, y después de abrazarse a ella pasar largo tiempo en profunda meditación.


Nadie hubiera creído que aquel venerable anciano, de blanca cabellera, había dado muerte, en aquel mismo sitio, a un hermano suyo, sin embargo de haberío confesado ya públicamente.


Un día las campanas de la iglesia doblaron a muerto, y al mismo tiempo se vio brillar sobre los brazos de la cruz una luz vivísima„ que el vecindario interpretó favorablemente.


En aquel preciso momento acababa de morir el fratricida, después de cuarenta años de rigurosa penitencia, dejando también de oírse, desde entonces, en el fangoso Campo de Caín, los lúgubres acentos de la víctima.


La gigantesca cruz se veía aún a mediados del siglo XVIII, señalando el sitio donde fue perpetrado el crimen, y las personas que tenían que transitar por aquellos lugares, todas se signaban ante la cruz, rezando luego un Pater Noster por el eterno descanso del interfecto.

Al renunciar Fray Valentín Moran, en 1771, la silla episcopal de Canarias, resolvió terminar sus días en su pueblo natal, eligiendo para su descanso el convento de la Merced, que mandó ensanchar a sus expensas, extendiendo su recinto al lugar que ocupaba la cruz, edificando en este sitio la capilla de la Soledad, últimamente demolida, que eligió para su sepulcro.


En la actualidad nada queda de este suntuoso convento, demolido al finalizar el pasado siglo; en su solar se ha construido una magnifica iglesia, gracias a la gran influencia del entonces ministro de Gracia y justicia, don Julián García San Miguel, marqués de Teverga, representante en Cortes por nuestro distrito, secundado con celo por el párroco don Manuel Monjardín, que, por su elegante construcción, es una de las más bellas de España.



Hoy los sitios indicados están convertidos en plazas, avenidas y paseos.    

  

domingo, 31 de marzo de 2013

"El Campo de Caín" (4 de 5)

(Del libro "AVILÉS", escrito por Manuel Álvarez Sánchez, impreso en 1927)

Parte - IV -

Después de consumado el crimen, el asesino, lleno de espanto al notar sus manos ensangrentadas, no se atrevió a dirigirse a su casa, y echó a correr sin cuidarse de recoger el cuchillo que había dejado al lado de la víctima, y que su madre podía reconocer.



Atravesó la calle de Atrás, y la desigualdad de las columnas que sostienen las fachadas de las casas en todo lo largo de la calle, le parecían, bajo el silencio y oscuridad de la noche, espectros en orden de batalla que le perseguían. Cansado, después de fatigosa carrera, se detuvo unos momentos frente a la iglesia parroquial y allí creyó oír una voz, la misma voz que oía el primer hijo de Adán después que dio muerte a Abel: «Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?» En vano trató de ahogar aquella voz; la voz seguía, seguía siempre.

Volvió otra vez a emprender la carrera, pero al doblar la calle del Carbayo, dejando a la derecha el templo, descubrió su casita en la calle de Adelante, en donde quizá su madre, ignorando en absoluto el trágico suceso, le estaría esperando como de costumbre para darle de cenar, aquel recuerdo fue para él harto sensible; volvió su vista para atrás y se dirigió al campo de Bogab, en donde se alzaba el Crucero, y al verlo le faltaron las fuerzas para seguir;  se acercó timidamente a él, y se sentó sobre uno de los cuatro peldaños que formaban su base; llevó las manos a la cabeza donde se le agolpaba la sangre, produciéndole violentas convulsiones: aquella situación era terrible; ¿qué hacer? Dirigirse a su casa y arrojarse en brazos de su madre para pedirle perdón, o entregarse a los azares dé la desesperación; así estuvo unos momentos luchando consigo mismo, pero al levantar sus ojos v fijarse al pálido reflejo de la luna en la calavera que descarnada y huesosa aparecía entre el follaje del capitel, donde se asentaba el Crucifijo (1), dio un grito de espanto y se levantó del asiento, creyendo ver un fantasma que se le venía encima. «Veo, exclamó, la cabeza de mi hermano, sus ojos ardiendo y sus dientes que me quieren desgarrar las carnes»; y el nuevo Caín volvió las espaldas al Crucifijo, que con los brazos extendidos parecía querer cobijarle, y huyó en precipitada fuga, hasta perderse en el arenal, perseguido siempre por aquella voz aterradora que había oído a su hermano antes de morir: «Hermano, ¿por qué matas a tu hermano?» 

Entre aquellas dunas, mal cubiertas de esparto, pasó la noche; pero,.. ¡qué noche! Durante toda ella se vio aprisionado por sombras negras, vengadoras y sangrientas, que no le dejaron un momento descansar.

Amaneció el día, y el carácter del asesino, que era jovial y alegre, tornóse sombrío y uraño; sus ojos, antes brillantes, volviéronse apagados; su rostro, antes sonrosado, se mudó en cetrino; con el alma rebosante de amargura, el fratricida, maldito de Dios y de !os hombres, caminando al azar, distinguió en los limites del arenal la playa de Salinas; la vista del Cantábrico llenó momentáneamente de gozo al criminal, se acercó a la orilla bastante agitado, y en aquel momento abrigó en su corazón un siniestro propósito: pensó arrojarse desde un cantil de la costa al fondo del mar y así librarse de la fatídica voz que le perseguía. 

Iba ya a realizar su fatal resolución cuando se acordó de su madre, de su buena madre que le había criado con tanto cariño, de su madre que tanto se había afanado por darle una cristiana ,educación, de su piadosa madre, que en aquellos momentos la veía con los ojos de la imaginación, sola, como la estatua del dolor, abrazada al cadáver de su hijo sin tener a nadie que pudiese consolarla, y todo por culpa mía; y al considerar estas cosas brilló en su corazón un destello de fe, de esa fe que es aliento de vida, y con esa fe fue encadenando una por una las verdades que había aprendido de niño en el regazo maternal: «Existe Dios, decía, premiador de buenos y castigador de malos;» y al recordar esto pensó en seguida en el infierno, la idea del infierno en donde se le figuraba estar viendo a los condenados revolcándose en medio de atroces tormentos, fue lo que más avivó su temor, y bañado en un sudor frío se desplomó más bien que se sentó sobre la arena.

Era una temeridad grande el querer librarse de un castigo cometiendo otro delito mayor. «Si el que mata a otro hombre es un criminal y un malvado, se decía, ¿cómo podrá ser inocente el que se mata a si mismo?» 

Estaba en estas saludables consideraciones, cuando oyó a lo lejos, en el fondo de un barranco, el sonido de una campana; se levanta magnetizado, aplica el oído y escucha con más claridad el eco sonoro; vuelve sobre sus pasos y divisa allá, en Raíces, un conjunto de habitaciones que juzgó ser un convento; contiguo al mismo vio una capillita en cuya espadaña, de un solo hueco, estaba la campana que había oído en ocasión tan interesante.

Se acercó al edificio; llega a la puerta del convento y llamó con el aldabón; pronto se presentó un religioso en la portería; al verlo el fratricida, se arrojó a sus pies y comenzó a llorar; el religioso lo recibió con cariño, y el recién llegado exclamó: «padre, vengo a implorar perdón, que mucho desconfío en alcanzar, porque he sido el más criminal de los hombres.» 

«No temáis, le contestó el religioso al ver aquellas muestras de arrepentimiento; por mucho que hayáis pecado, mayor es la misericordia de Dios, y él os perdonará,» 

«¡Ah! Lo deseo vivamente; ¡qué ingrato y malvado he sido! Ayer he dado muerte a mi hermano, y /e maté sin motivo, le asesiné a traición sólo por envidia de sus nobles sentimientos que daban en cara a mi desarreglada conducta; le maté al regresar de la iglesia de los franciscanos, adonde había ido mi hermano a confesar; era tan bueno mi hermano, Padre, que al clavarle el cuchillo en su corazón, lejos de maldecirme, me perdonó y me dijo: «Hermano, ¿por qué matas a tu hermano? ¿Qué motivo de ofensa tienes contra mi?» Desde entonces no encuentro tranquilidad ni descanso; a todas horas me parece oír sus últimas palabras y tiemblo, y para librarme de tan fatal pesadilla acaricié el propósito de quitarme la vida; pero el temor de condenarme para siempre me contuvo...»

«Esa ha sido una gracia especial de Dios, contestó el religioso, quizá para premiar alguna buena acción que habéis tenido, y que a su tiempo sabe recompensar, Dios todo lo tiene presente.» 

«Padre, no recuerdo haber practicado obras buenas en mi vida, porque siempre he sido de costumbres viciosas; sólo sí, he sido devoto de la Virgen del Carmen, a la que nunca dejé de rezar una Salve antes de acostarme, pidiéndole su amorosa protección.»

«Pues eso ha sido, y la Virgen intercedió ante su Divino Hijo para que no os arrojaseis en brazos de la desesperación, dónde hubierais sido desgraciado por toda una eternidad, porque el suicidio, continuó el religioso, es el más grave de los delitos, en cuanto que es irreparable, porque así como no hemos venido al mundo por nuestra voluntad, tampoco podernos dejarlo sin orden expresa de Dios que en él nos puso. De todos los demás pecados podemos salir perdonados, mediante la contricción y los méritos de Cristo; pero del suicidio no cabe arrepentimiento, toda vez que es característico de este pecado morir en él; pudo salvarse Caín, pudo salvarse Judas, pudo salvarse Herodes, pueden salvarse todos los asesinos, los ladrones, los adúlteros, los pecadores y criminales todos, excepción hecha del suicida, que en sano juicio consuma su antinatural y abominable acción.» 

«De modo ¿que Dios me perdonará?»

«Si, te perdonará, porque lo que Dios quiere son corazones arrepentidos; entrad en la capilla, no temáis; examinad vuestra conciencia en tanto voy a llamar al Superior para que os oiga en confesión»; y el religioso le señaló el sitio en donde había de llorar sus culpas. 

Una hora larga estuvieron el confesor y el penitente en la capilla; lo que allá hablaron no pudo saberse jamás.

Cuando el fratricida salió del santuario, su corazón se había reblandecido con las lágrimas del arrepentimiento.


Aquella mañana se desayunó en el convento, despidióse luego de la Comunidad, arrojándose a los pies de los religiosos; éstos le levantaron del suelo, estrechándole, uno a uno, entre sus brazos, saliendo satisfecho de aquella santa casa, en donde pudo encontrar la tranquilidad de su alma.

Quince años después, que nadie pudo saber dónde los había pasado, volvió a pisar los umbrales de aquella silenciosa mansión para vestir el hábito de la Merced.


(1) Esta columna se conserva en el jardín de una casa particular en Sabugo; el Crucifijo que servía de remate se guarda en la sacristía de la antigua iglesia, y según personas peritas, no carece de mérito.